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Gólgota

Gólgota

33 Y cuando llegaron al lugar que se llama de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.

34 Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.

De los muchos lugares en los que Jesucristo caminó, tal vez no hubo pasos más dolorosos que los que lo llevarían al lugar de su crucifixión en Gólgota, un cerro a las afueras de las murallas de la ciudad de Jerusalén. Allí, clavado a una cruz, se encontró con personas que se burlaban cruelmente de Él diciendo: “A otros salvó; sálvese a sí mismo”. Pero Jesús escogió salvarnos en vez de salvarse a Sí mismo. Él le rogó al Padre: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Sus palabras son un poderoso recordatorio de que Jesucristo padeció para que todos los hijos de Dios puedan cambiar y arrepentirse a fin de hallar el perdón que se obtiene por medio de Su sacrificio expiatorio.

La invitación

Practica el perdón para sentirte libre

Si Jesucristo pudo perdonar a los que le hirieron, quizá podamos encontrar la fortaleza para perdonar a las personas que nos han hecho daño. Estás invitado a probar un experimento. Piensa en alguien a quien te gustaría perdonar. Escribe una carta perdonándolo. No tiene por qué ser más de unas pocas frases. Eso es todo. No tienes por qué enviarla. Simplemente escríbela y analiza cómo te sientes.

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Preguntas para reflexionar

¿Por qué crees que Jesucristo pudo perdonar a los que le hicieron daño?

¿Cómo nos hace daño aferrarnos al dolor que otras personas nos han causado?

¿Qué obtenemos al perdonar a los que nos han hecho mal?

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